AFORISMOS DE JOHN LOCKE

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John Locke (29 de agosto de 1632- 28 de octubre de 1704), padre del liberalismo. Nació en Wrington, Somerset, Inglaterra. Hijo de los puritanos Agnes Keene y John Locke, un abogado que se destacó como capitán parlamentario durante las guerras civiles inglesas entre la monarquía de Carlos I y las fuerzas parlamentarias bajo la dirección eventual de Oliver Cromwell. Desde una edad temprana, Locke aprendió las ideas de su padre y rechazó la monarquía, además de negar el supuesto derecho divino que poseía el rey para gobernar. John pasó sus primeros años en la Westminster School y en la Christ Church de Oxford. Durante cuatro años Locke permaneció bajo la instrucción y el control de Busby, un hombre bastante cruel y déspota. A pesar de esta forma de ser, Busby fue un excelente instructor, le enseñó latín, griego, hebreo, árabe, matemáticas y geografía.

Para la década de 1650 John Locke ganó el título de erudito del rey, un honor académico que lo benefició financieramente, comprando diversos libros de textos clásicos en griego y latín. Aunque Locke era evidentemente un buen estudiante, no estaba de acuerdo con la educación de su país. Por este motivo en su adultez la atacó por el uso excesivo del castigo corporal y por el comportamiento inhumano hacia los alumnos. Esta crítica se vio reflejada en la obra Pensamientos Sobre la Educación (1693).

Este hombre polifacético cursó estudios en la Universidad de Oxford, donde se doctoró en 1658. Aunque su especialidad era la medicina, John Locke fue también diplomático, teólogo y economista. En los años venideros ejerció como tutor y profesor de griego y retórica. Durante sus clases siempre reflejó su interés por las ciencias, la medicina y la política. Tanto así que regresó a Oxford para cursar la carrera sanitaria. Tras finalizarla, fue contratado como médico por lord Ashley, futuro conde de Shaftesbury. Mientras estuvo al servicio del lord, experimentó un interés por lo público y la política. Durante algunos años ocupó cargos públicos, pero se vio obligado a abandonarlos. A causa de su clara oposición al absolutismo de los Estuardos y a la defensa del poder parlamentario, esto le causó grandes problemas y lo forzó a refugiarse en Francia y en los Países Bajos, respectivamente. La estadía en el extranjero resultó positiva porque aumentó los conocimientos y las influencias filosóficas de Locke.

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