ALBERT CAMUS (LA PIEDRA QUE CRECE)

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La piedra que crece comienza también con un viaje: D´Arrast, un ingeniero europeo, atraviesa la selva brasileña, en medio de la oscuridad de la noche, hacia la pequeña ciudad en la que va a construir un dique para evitar inundaciones. A pesar de la pobreza, allí se respira alegría; es la víspera de la fiesta del Buen Jesús: se recuerda el encuentro de su estatua y el milagro de la piedra que crece.
D´Arrast se siente ante la inminencia de una revelación: “… sin saber qué… no había dejado de esperar… desde que había llegado a aquel país… como si el trabajo por el que había acudido allí no fuera más que un pretexto, el motivo de una sorpresa, o de un encuentro que no podía imaginar, pero que le estaba esperando pacientemente en aquel fin del mundo”. Conoce a un hombre que va a cumplir la promesa que le hizo al Buen Jesús, si lo salvaba en un naufragio: llevar en procesión una piedra de cincuenta kilos en la cabeza. Sin entender muy bien por qué, D´Arrast lo acompaña, deja de lado una comida con los “notables” de la ciudad y en cambio acepta la invitación del promesante para ir a la ceremonia de los bailes en el barrio de los pobres. Allí él, “un señor sin iglesia, sin nada”, se va involucrando cada vez más en el rito, hasta que percibe que también “hacía un rato que bailaba con todo su peso sin desplazar los pies”.

Al día siguiente, en la procesión de penitentes de la fiesta del Buen Jesús, ve al hombre que lleva la piedra en la cabeza. Un sentimiento confuso lo inquieta: el deseo de huir de aquella tierra, y un inexplicable compromiso con el promesante. En un momento deja de verlo: “Obedeciendo a un único impulso…”, sale a buscarlo; lo encuentra “visiblemente extenuado”. Le llega la escueta información: “Ya se ha caído”. “Sin saber cómo, D´Arrast se encontró a su derecha. Puso sobre la espalda del cocinero una mano ligera, y caminó junto a él…”. En ese Vía Crucis, no se limita a darle ánimo: le limpia “el hombro manchado de polvo y sangre”, lo toma en brazos y lo carga como “si se hubiera tratado de un niño”, para luego ocupar su lugar y cumplir la promesa1. Cargado con la piedra, no sigue el camino esperado hacia la iglesia, sino que se dirige “con pasos prudentes, pero todavía firmes”, hasta el barrio de los más pobres. Y allí, en el mismo lugar en el que la noche anterior participó en otro rito, arroja la piedra, “irguiendo toda su estatura, repentinamente enorme, (y) aspirando… el olor de miseria y de cenizas que ahora reconocía, sintió subir en él una marea jubilosa y jadeante que no sabía nombrar”.

En un momento del cuento, D´Arrast confiesa “no encontré mi sitio, por eso me fui”. La invitación fraterna que cierra el texto: “Siéntate con nosotros”, que le hacen señalando un lugar libre en la rueda, confirma que por fin lo ha descubierto. A través de este breve recorrido por los dos cuentos, se hacen evidentes tanto las reiteradas alusiones evangélicas que contienen como las simetrías que presentan. Quisiera señalar, sin embargo, la diferencia que plantean ambos finales. En el primero, la mujer vive una experiencia inexpresable: cuando su marido le pregunta el motivo de su llanto, solamente puede responder “Nada”. El último cuento se cierra con una mirada esperanzada, patente en la invitación de honda resonancia evangélica a compartir la mesa. La misma que late en el discurso del Nobel, en el que Camus exhorta a “restaurar entre las naciones una paz que no sea la de la servidumbre, reconciliar de nuevo el trabajo y la cultura y reconstruir con todos los hombres una nueva Arca de la alianza”.

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