Bajo cero – Marta Aguadero

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Me regalaste tu corazón con obsolescencia programada
y besos con fecha de caducidad demasiado próxima a la de mi propia muerte.
Cómo te iba a querer bien si ni si quiera sé querer a secas.
Menos mal que de vez en cuando llovía,
los niños pisoteaban los charcos
y tú te dejabas hacer el amor.

Ahora lo único que me queda son un sístole y un diástole cuarteados
que a duras penas te piden que vuelvas en código morse.
Hasta ellos saben lo mucho que te gustaban los enigmas.
El problema está en que no paro de buscarte sin ni si quiera saber si quieres ser encontrado,
y eso es una gran putada.

Atemporal.
Como las tormentas en verano
y los te quiero entre líneas,
y curvas;
las de tu culo, digo.
Nos empeñamos en ponerle grilletes a lo etéreo como quién de niño intenta coger el aire con una mano
sin darnos cuenta de que la belleza de lo intangible viene implícita en la definición de la palabra.

Insustancial.
Como una noche sin versos
y besos con los ojos abiertos.
Le tenemos pánico a la oscuridad porque pensamos que en ella se esconden los peores demonios
cuando a veces los más peligrosos están encima de la cama y no debajo.
Eso nos pasa porque hubo una vez en la que nos hicieron tanto daño
que nos empezamos a centrar más en la margarita que estaba segura de que no nos quería
que en el campo de flores que teníamos delante y no admirábamos por ser tan necios de no levantar la vista.

Y después,
como con todo,
llegó el invierno
El síndrome de Stendhal se acentuaba cada vez que tú pasabas por delante
y decidí empezar a poner en práctica todo eso de hacer las cosas,
de hacerte a ti,
por amor a hel(arte).
Aunque siempre fuera yo la que acabase congelada.

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