Después de tu luna viene mi calma

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Soy un día en la playa persiguiendo mariposas en tu estómago.
Un ríete, aunque ya se haya acabado la fiesta. Puedo tener diecisiete estados de ánimo diferentes a la vez. Mirar a los ojos y no morderme las uñas. Contar lunares. Soñar despierta. Andar sobre precipicios. Pensar hasta descubrir. Darle a la alarma diez minutos más.

Sigo sintiendo la soledad. Un No te vayas, todavía. Cuatro paredes descorazonadas. La cama por los techos. Y una cortina que ha limpiado más lágrimas que corridas. A cambio le pedí noches que no llegaran a ningún atardecer. Ni mañanas que empezaran en noches.
Solo el tiempo suficiente para volver a salir a la superficie y tomar aire. Dale a la alarma diez minutos más.

Hay un tren pitando en mi puerta. Las llaves están colgadas fuera con el montón de hojas que cuentan tu historia por el suelo. Y no es otoño. Hay una cicatriz en mi desayuno y miles de letras en mis manos. Una herida abierta en mi cama y la cuenta sobre la mesilla: No eras único; y tampoco el único que me dolería. Pero dale a la alarma diez minutos más.

Si fueras otra vez él, en aquella habitación y con los mismos calzoncillos, no te dejaría escoger entre puerta o ventana. Deberías mirar con mis ojos para saber de lo que hablo cuando digo que sus labios han encontrado lunares en mi cuerpo que ni yo conocía. Y esta puesta de luna se merece diez minutos más.

Y ahora que tendría que estar quejándome, por lo capullo que has sido, a tu frío le llamo casa y al día que volvamos a sonreír nuestro aniversario. Aunque me entiendas con el corazón entre las piernas, me río yo de tus te quiero a las cuatro de la mañana y de todo eso de que el tiempo no te está curando nada. Dale si quieres, diez minutos más.

Pero después de tu luna siempre viene mi calma.

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