HISTORIA DE UN SUFRIDO HIJO DE PUTA – CHARLES BUKOWSKI

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HISTORIA DE UN SUFRIDO HIJO DE PUTA – CHARLES BUKOWSKI
En la voz de GabrielA Vargas MVS Radio

UN RETRATO, EN EL MEJOR ESTILO DE CHARLES BUKOWSKI, DEL SIGNIFICADO PROFUNDO DE LA EXISTENCIA COMPARTIDA CON UNA MASCOTA FELINA

A juzgar por la historia, los gatos y la gente que escribe parecen llevarse muy bien. Esta es una relación misteriosa cuya razón o razones no son muy evidentes que digamos pero que, a manera de hipótesis, podríamos ir rastreando en ciertas semejanzas que ambas “personalidades” comparten. Que los gatos sean silenciosos, autosuficientes (hasta cierto punto) y distantes, entre otras cualidades, parece ser un perfil que casa de manera casi perfecta con los hábitos de una persona que ha hecho de la escritura uno de sus pilares de vida.

Entre los muchos nombres célebres que podríamos citar porque acompañaron su vida creativa de una mascota felina se encuentra Charles Bukowski, sin duda uno de los autores más conocidos de la tradición literaria estadounidense y quien, en el poema que compartimos, retrató a la perfección la vida cotidiana entre un escritor y un gato que, además, cumplió con ese otro gran rasgo de las relaciones verdaderamente significativas entre una persona y su animal de compañía: fue él quien llegó de la calle a la puerta de Bukowski, como si estuviera destinado a ello.

A diferencia de otros textos, “Historia de un Sufridoo hijo de Puta” es un texto relativamente poco conocido, pues aunque ya había sido publicado ganó relevancia en octubre de 2015, cuando la editorial Canongate editó un libro en el que incluyó material hasta entonces inédito del escritor que tenía como temática común a los gatos.

Sin más, este es el poema. Que quizá, dicho sea de paso, también puede leerse como un intento genial de convencimiento para adoptar a un felino callejero.

TEXTO DE “HISTORIA DE UN SUFRIDO HIJO DE PUTA”
CHARLES BUKOWSKI

Una noche llegó piel y huesos a mi puerta, mojado, apaleado, temeroso
era un gato blanco bizco sin cola,lo dejé entrar, lo alimenté,
fue uno más en la casa,
desarrolló hacia mí cierta cariñosa confianza,
hasta que un buen día un conocido estacionándose en mi cochera pasó con su auto por encima del gato blanco bizco sin cola,
de inmediato llevé lo que quedaba de él a un veterinario, que dijo:”no hay mucho por hacer, dale estas pastillas… su espinazo está aplastado, pero fue aplastado anteriormente y de algún modo logró sanar, si sobrevive no volverá a caminar, mira estas radiografías, le metieron un escopetazo, mira estos puntos oscuros son perdigones enquistados… además, alguna vez tuvo una cola y alguien se la cortó”…
me llevé el gato a casa,
era un verano caliente,
uno de los más calientes en décadas,
puse al gato en el piso del baño,
le serví agua,
sus pastillas,
no deseaba comer ni beber agua,
yo sumergía mi dedo en el agua, le humedecía la boca, el hocico y le hablaba,
ese verano no fui a ningún lado,
pasé muchos días de ese verano en el baño hablándole,
acariciándolo suavemente,
él me miraba con esos ojos que se le entrecruzaban,
mientras tanto pasaban los días,
una tarde realizó su primer movimiento arrastrándose con sus patas delanteras
(las traseras no querían moverse)
llegó hasta el rincón donde yo había preparado su cama,
se arrastró un poco más y se dejo caer en ella,
fue para mí como el sonido de un clarín presagiando la victoria posible,
aturdiendo el baño,
desparramándose por la ciudad,
yo le conté entonces a ese gato -que la había pasado mal también, no tan mal, pero bastante mal…
una mañana se irguió,
se paró sobre sus patas cayendo luego de espaldas,
me observaba mansamente.
“Lo puedes hacer” le dije.
Él insistió,
se levantaba y volvía a caer,
una y otra vez,
finalmente caminó unos pocos pasos,
era la viva imagen de un borracho,
sus patas se negaban a obedecerle,
cayó nuevamente,
descansó y nuevamente se levantó.
Ustedes conocen el resto de la historia: está mejor que nunca,bizco casi sin dientes, pero ha recuperado su gracia, y esa mirada de sus ojos, pícara, no lo ha abandonado…
Algunas veces me hacen entrevistas,
ellos desean saber de mi vida, de mi literatura,
yo me emborracho,
alzo en brazos a mi gato bizco,
herido de bala,
atropellado dos veces,
sin cola
y digo: “miren, miren esto!!!
“Ellos no entienden nada, insisto, nada de nada,
Preguntan algo por el estilo de: “¿reconoce usted influencias de Celine?”
“No” Levanto mi gato, “por lo que sucede, por cosas como esta, como esta!!!”
Sacudo a mi gato, lo llevo hacia la luz brumosa por el humo y el alcohol,
está relajado, él sabe…
Este es el momento en que la entrevista finaliza, a veces me siento orgulloso cuando miro las fotografías, ahí estoy yo, ahí está mi gato, hemos sido retratados juntos él también comprende que son idioteces, pero que de alguna manera te ayudan.

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