LA FANTÁSTICA VIDA Y OBRA DE NAHUI OLLIN A 40 AÑOS DE SU MUERTE

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LA FANTÁSTICA VIDA Y OBRA DE NAHUI OLLIN (NAHUI OLLIN: UNA MUJER DE LOS TIEMPOS MODERNOS)
Trabajo documental dirigido por Eduardo Quiroz – 1996

A 40 AÑOS DE SU MUERTE – INMEMORIAM
http://www.redalyc.org/pdf/384/38401707.pdf

Para lograr una breve semblanza de la extraordinaria Carmen Mondragón, me permito transcrbir apartes del artículo “Nahui Olin, desdicha y esplendor” escrito por José Emilio Pacheco en el año 2013: http://www.proceso.com.mx/301399/nahui-olin-desdicha-y-esplendor

NAHUI OLLIN, DESDCHA Y ESPLENDOR
Por: José Emilio Pacheco

Si la Ciudad de México pudiera simbolizarse en una mujer la elegida sería Carmen Mondragón (Nahui Olin, 1893-1978). Carmen Mondragón en la casa de los espejos que multiplican sus imágenes al infinito, en los extremos del inmenso placer y el supremo dolor, en la contradicción insalvable entre la belleza sin límites y la fealdad esperpéntica, en el contraste entre lo más público y lo más misterioso, la intimidad secreta que ya nadie descifrará.

Hace veinte años, a partir de su redescubrimiento por Tomás Zurián, pareció que Nahui Olin tendría la vida perdurable del mito al mismo nivel de Frida Kahlo, Antonieta Rivas Mercado o Tina Modotti. Los elementos estaban allí y sin embargo nada de esto ocurrió. Un misterio más entre los muchos que rodean a esta fascinante mujer, quizá más trágica aun que sus contemporáneas. A ellas está ligada por varios vínculos: fue la única modelo a la que Diego Rivera pintó a lo largo de treinta años, la amiga de Tina retratada varias veces por Edward Weston, la esposa de Manuel Rodríguez Lozano, el gran amor de Antonieta, aun en mayor medida tal vez que José Vasconcelos.

No le faltó la consagración literaria: Gentes profanas en el convento (1950), la única y extraña novela del Dr. Atl, es un canto de amor a quien él mismo bautizó como Nahui Olin. Un canto que a diferencia de otros monólogos eróticos da la palabra a la protagonista, la deja hablar a través de cartas que, si no son inventadas por Gerardo Murillo, representan lo mejor de su extravagante obra literaria.

(…)

Para iniciar los años veinte mexicanos, el imperio de la juventud y el talento, la era de la revolución estética y sexual, la orgía perpetua y la danza que gira sobre los cadáveres acumulados por la primera Guerra y la lucha armada que no terminó aquí hasta 1929, Carmen Mondragón y Gerardo Murillo se unen en el fuego de una pasión que no es lugar común llamar volcánica si se trata de un hombre que consagró gran parte de su vida y su pintura a los volcanes.

(Un paréntesis: se dice que el gran poeta argentino Leopoldo Lugones le dio en París el nombre a medias nahua. Con todo, en el Diario de Gamboa aparece ya como Dr. Atl muchos años antes del encuentro con Lugones.)

Se adueñan del convento de La Merced, devastada joya entre muladares. Tan intensos como los actos sexuales son los pleitos y las escenas. Nahui es en boca de Atl el amor de su vida y al mismo tiempo mon dragon, “mi dragón”.

La niña inteligente y sensitiva que había sido Carmen se convierte bajo el estímulo de Atl en pintora y escritora. Sus poemas delirantes rompen con todo, constituyen verdadera antipoesía y deben formar parte del vanguardismo mexicano. P. R. Lopátegui pone ahora a nuestra disposición lo que nadie había visto en casi un siglo. Al mismo tiempo, otro enigma, Nahui Olin insiste en estudiar taquigrafía y mecanografía como cualquier muchacha pobre de la época.

Metafórica o literalmente, Nahui Olin está siempre desnuda. Con la efímera gloria de su cuerpo va por el mundo, posa para Rivera y para el fotógrafo Garduño. Se atreve a montar la primera exposición hecha aquí en que reta a todos con esa desnudez que en las fotos la voracidad del tiempo no ha marchitado.

Tiene amores con uno y otro hombre sucesiva o simultánemente.

Por fin encuentra la estabilidad en Eugenio Agacino, un capitán de la Compañía Trasatlántica Española. Se aman apasionadamente en el barco, en La Habana, en Nueva York. El hechizo dura un año. En la navidad de 1934 Agacino sufre la menos poética de las muertes: intoxicación por mariscos. Nahui se queda esperándolo en el muelle de Veracruz. Allí la ve Germán Lizst Arzubide: deshecha, demente, sucia, sin un centavo, caída para ya no levantarse jamás.

El descenso al infierno es una espiral sin sosiego que dura cuarenta años. En todas las mitologías la joven y deseable hechicera al hundirse en el naufragio de la vejez se transforma en la bruja a quien los niños apedrean y todos rehuyen. Por fortuna, no hay una sola imagen de la Nahui de esos años interminables. El espectro que espanta en la Alameda y dilapida su salario miserable en dar de comer a los gatos errantes, la señora más que obesa y ataviada con elegantes harapos. Y “en el fondo del pozo /los dos ojos”, como en Piedra de sol. Los imborrables ojos verdes de Nahui Olin.

(…)

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