La luz que no puedes ver, Anthony Doerr

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La luz que no puedes ver
La luz que no puedes ver

Un corazón puro puede brillar aún en la noche más oscura y en el más terrible de los tiempos.
Anthony Doerr, autor de “La luz que no puedes ver” nos habla sobre la historia detrás de su galardonada novela.

Primeras lineas del libro…

En agosto de 1944 la histórica ciudad amurallada de Saint-Malo, la joya más luminosa de la Costa Esmeralda de Bretaña (Francia), quedó casi completamente destruida por el bombardeo. […] De los 865 edificios que había en el interior de las murallas solo quedaron en pie 182, todos dañados en algún punto.

PHILIP BECK

Para nosotros habría sido imposible tomar el poder o hacer uso de él de la forma en la que lo hicimos sin la radio.

JOSEPH GOEBBELS

CERO

7 DE AGOSTO DE 1944

OCTAVILLAS

Caen del cielo como una lluvia al anochecer, sobrevuelan la muralla, hacen piruetas sobre los tejados, revolotean sobre los barrancos y entre las casas. Calles enteras se mecen al ritmo de los destellos blancos sobre los adoquines. «Mensaje urgente para los habitantes de la ciudad —dicen las octavillas—. Salgan de inmediato a campo abierto».

Sube la marea. En lo alto cuelga una luna pequeña, amarilla, creciente. Hacia el este, sobre los tejados de los hoteles que hay frente al mar y en sus jardines traseros, seis unidades de la artillería pesada norteamericana cargan proyectiles incendiarios en la boca de los morteros.

BOMBARDEROS

Cruzan el Canal a medianoche. Son doce y tienen nombres de canciones: Stardust, Stormy Weather, In the Mood o Pistol-Packin’Mama. El mar se extiende muy por debajo, salpicado por los innumerables galones plateados de las olas. Los pilotos divisan en el horizonte los peñones de las islas iluminadas por la luna.

Francia.

Los intercomunicadores hacen interferencias. Deliberada y casi perezosamente los bombarderos pierden altura. Desde las bases de control antiaéreo se alzan las tenues columnas de luz roja a lo largo de toda la costa. Se vislumbran oscuros barcos en ruinas, acribillados o destruidos, uno con la proa arrancada, otro oscilando mientras arde. En una isla lejana, ovejas aterrorizadas corren zigzagueando entre las rocas.

En el interior de cada uno de los aviones, un soldado apunta a través de la mira y cuenta hasta veinte. Cuatro. Cinco. Seis. Siete. Para los soldados, esa ciudad amurallada situada sobre un promontorio de piedra que se acerca cada vez más parece un grano descomunal, algo oscuro y peligroso, un último absceso que tiene que ser arrancado de raíz.

LA CHICA

En una esquina de la ciudad, en el sexto y último piso de una casa alta y estrecha en el número 4 de la rue Vauborel, una ciega de dieciséis años llamada Marie-Laure LeBlanc se arrodilla sobre una mesa baja completamente cubierta por una maqueta. La maqueta sobre la que se arrodilla es una miniatura de la ciudad y contiene una réplica a escala de los cientos de casas, tiendas y hoteles que hay en el interior de la muralla. Ahí está la catedral, con su capitel perforado, el enorme y antiguo Château de Saint-Malo, y filas y más filas de mansiones con vistas al mar, todas adornadas con sus chimeneas. Un fino muelle de madera se extiende en forma de arco desde la Plage du Môle. Una delicada galería reticulada cubre como una bóveda el mercado de marisco. Unos bancos minúsculos, el más pequeño del tamaño de una semilla de manzana, salpican las diminutas plazas.

Marie-Laure desliza las puntas de los dedos por los parapetos de apenas tres centímetros de ancho que coronan la muralla, dibujando la figura de una estrella desigual alrededor de la maqueta. Encuentra las hendiduras a través de las cuales los cuatro cañones apuntan hacia el mar desde la cima de la muralla.

—Bastion de la Hollande —susurra, y sus dedos bajan caminando una pequeña escalera—, rue des Cordiers, rue Jacques Cartier.

En la esquina de la habitación hay dos cubos galvanizados llenos de agua hasta el borde. «Llénalos siempre que puedas», le recomendó su tío abuelo. También la bañera del tercer piso está llena. «Quién sabe cuándo nos vamos a quedar sin agua otra vez».

Sus dedos regresan al capitel de la catedral. Hacia el sur, hasta la Puerta de Dinan. Se ha pasado toda la noche recorriendo la maqueta con los dedos mientras espera a su tío abuelo Etienne, el dueño de la casa, que salió la noche anterior mientras ella dormía y aún no ha regresado. Ahora es de noche de nuevo, el reloj ha dado una vuelta completa, la calle está en silencio y ella no puede dormir.

Escucha los bombarderos a menos de cinco kilómetros de distancia. La estática crece. Se parece al zumbido dentro de una caracola.

Cuando abre la ventana el ruido de los aviones aumenta. De no ser por eso la calle estaría terriblemente muda: no se escuchan motores, voces, ni un solo rumor, ninguna sirena, ningún paso sobre los adoquines, ni siquiera las gaviotas. Apenas se percibe el sonido de la marea, seis plantas más abajo y a una manzana de distancia, golpeando contra la base de la muralla de la ciudad.

Y algo más.

Algo que se agita suavemente, muy cerca. Abre con facilidad el postigo de la izquierda y desliza los dedos sobre los listones de la derecha hacia arriba. Hay un trozo de papel atascado allí.

Se lo acerca a la nariz. Huele a tinta fresca, tal vez un poco a gasolina. El papel todavía cruje, no lleva demasiado tiempo en el exterior.

Marie-Laure está en calcetines y duda frente a la ventana; a su espalda se encuentra la habitación, el armario decorado con conchas y el zócalo con guijarros. Su bastón está apoyado en una esquina. Una enorme novela en braille la espera boca abajo sobre la cama. El zumbido de los aviones se oye cada vez más cerca.

Quieres leer un poco más? Sique aquí para leer el primer capítulo completo

La luz que no puedes ver
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